Mi trabajo coreográfico surge de un impulso vital, tan primitivo como el acto de comer o el deseo sexual. A la hora de componer me dejo llevar por una impronta emocional, por cierta cualidad del espacio, por un motivo musical o hasta por un pequeño gesto sugerido por algún bailarín.

Elijo al ser humano y no a la mera figura en el espacio; ante todo, me interesa el movimiento que puedo descubrir en sus contradicciones, sueños o temores.

En mis obras los intérpretes se ven involucrados en un choque de fuerzas opuestas, donde las miradas tienen tanto peso como las formas que el cuerpo dibuja en el espacio. La acción dramática y el uso de la voz devienen necesariamente del acto de bailar.